Nariño · Septiembre 2026

Bienvenida a Metanoia

Fachada de la Casa de la Cultura Pablo A. Ramírez Martínez, en Nariño, con la intervención artística que la cubre de flores, aves y símbolos del municipio, y gente caminando por la plazoleta frente a ella.
La Casa de la Cultura Pablo A. Ramírez Martínez, en el sector de La Bomba, con la intervención artística que hoy le da nueva vida a su fachada y a la plazoleta que la rodea.

Inauguraron un café nuevo en el sector de La Bomba. Se llama Metanoia —transformación interior— y, tal como lo dice su propio nombre, se suma a una transformación que hoy vive el municipio de Nariño en ese sector: la heladería "La Favorita", el café de origen "Don Luis", reflejo del esfuerzo campesino, un local de comida asiática, novedoso para los que solo comemos fríjol y sancocho, y los negocios que ya llevaban años ahí, resistiendo. Bienvenida a todos los que le están apostando a esto. Bienvenida, sobre todo, a lo que representan.

Durante años, cada vez que los comerciantes del pueblo proponían cerrar la vía entre Burbujas y el Crucero para obligar a los turistas a entrar al casco urbano, yo me hacía la misma pregunta: ¿a qué? ¿A qué los íbamos a hacer entrar?, si no había nada esperándolos adentro. Nariño siempre ha sido, en esencia, un municipio agrícola y campesino, y su potencial turístico —los termales Espíritu Santo, el río Samaná, el breve desarrollo hotelero que ya tiene la vereda Puente Linda— está concentrado en la parte baja del municipio. El casco urbano, en cambio, no tenía con qué competir. Obligar el paso por decreto o por bloqueo no resolvía nada de fondo; era tapar con coerción un problema que en realidad era de contenido: no había nada que ofrecer.

Cuando cursaba la maestría en desarrollo local sostenible, soñaba con una solución distinta. Había estudiado el caso de Bilbao: una ciudad industrial al norte de España que colapsó en los años 80 con la crisis de su puerto y su industria pesada, agobiada por el desempleo y la pobreza, y que se reinventó alrededor de una pieza de arquitectura y cultura, el Museo Guggenheim, hasta convertirse en el caso de estudio obligado de la regeneración urbana en el mundo entero. Mi versión, evidentemente, sería mucho más modesta: pensaba en la Casa de la Cultura de Nariño, ubicada justamente en el sector de La Bomba, como el ancla que podía detonar desarrollo comercial alrededor —negocios, servicios, deporte y cultura, oferta para propios y turistas. Quise plasmarlo alguna vez en un programa de gobierno, en un plan de desarrollo. Aún no llegamos a ese estadio.

Y resulta que la actual alcaldesa Erika lo está haciendo, con toda probabilidad sin haber oído hablar nunca del Guggenheim ni de Bilbao, y quizás ahí esté lo más admirable de todo: no necesitó el nombre grande ni la teoría para entender lo que el sector necesitaba, le bastó el sentido común y el cariño por su pueblo. Empezó por lo básico, que suele ser lo más difícil de sostener en el tiempo: arregló las calles rotas del sector apenas comenzó su gobierno. Renovó el parque infantil que llevaba años deteriorado y era, francamente, tétrico. Y hoy impulsa una intervención artística en la Casa de la Cultura, que ya luce una fachada que antes solo existía en mis apuntes de maestría, y verla de pie, caminando por La Bomba, me sabe a que alguien, con gestión y no con discursos, le dio cuerpo a un sueño que yo creía mío y solo mío.

Y aunque el turista todavía no esté entrando en masa al casco urbano de Nariño, lo que hoy se respira en La Bomba es pujanza: gente que le cree a su pueblo antes de que nadie más le crea. Eso es lo que significa que abra Metanoia, que haya abierto La Favorita, que Don Luis siga firme, que llegue comida asiática a un pueblo que hasta hace poco no tenía ni dónde tomarse un café especial de esos que hoy, llaman de origen. Es un reconocimiento a quienes se atrevieron primero, y una invitación abierta a todos los que quieran sumarse: a montar su negocio, a apoyar el que ya abrió, a caminar La Bomba y comprarle a los que le están apostando. Entre más seamos, más rápido llega la transformación que todos queremos ver.

No hizo falta cerrar ninguna vía variante. No hizo falta obligar a nadie a entrar. Bastó con darle al pueblo, por fin, una razón para que la gente —primero la propia, después la de afuera— quisiera quedarse. Bastó, quizás, con quererlo un poco más de lo que a veces creemos que se merece.

¿Qué negocio, qué rincón, qué oferta le sigue haciendo falta a este renacer de La Bomba?

Juan David Orozco Salazar — Al Derecho, Asesoría Jurídica & Gestión Pública