Columna invitada · Octubre 2026

De caminos y recolección de guayabas

Guayabas verdes y partidas, de pulpa rosada, sobre una mesa de madera rústica con un paisaje de montaña de fondo.
Guayabas recién cortadas, el fruto silvestre que marcó la infancia campesina de muchas veredas de Concepción.

Corrían los últimos años de la década de los 90, cuando aún la población rural superaba significativamente la de las urbes y poblados. La economía campesina se basaba en prácticas ganaderas y agrícolas y los jóvenes y niños hacían parte de la cadena productiva de cada casa. Para un estudiante campesino de secundaria, los fines de semana y las vacaciones incluían trabajo en el cafetal, encerrar los terneros, cargar leña, bañar el caballo, y cuando se podía, jugar con un balón desinflado en un potrero, con vecinos de todas las edades.

Vivir en el campo significa aprender desde niño a comer cuanto fruto silvestre provee la naturaleza: guamas, pomas, moras, mortiños, uvas, churimas, caimas y por supuesto, guayabas, que en el Municipio de Concepción eran simbólicas en esos tiempos, debido a que abundaban en varias veredas. Hoy en día ya no se ven tanto. Los niños de esta generación difícilmente reconocen esos nombres de frutas que no cultiva nadie, sino que crecen por ahí para alimentar pájaros, mamíferos, reptiles, y adolescentes entusiastas y caminantes de las montañas de Antioquia.

Y es que caminar largos recorridos para un adolescente campesino es pan comido. Difícilmente se dimensiona hoy lo que era caminar hora y media todos los días para ir a la escuela y otro tanto para regresar en la tarde. Y tampoco lo que era caminar y correr por un largo camino, buscando moras maduras, y debatiendo cuáles mortiños eran comida de culebras y cuáles se podían comer para dejar la boca morada.

Yo era uno de esos entusiastas que caminaba dos horas para ir hasta la vereda La Clara, donde en ese entonces vivía mi tía, y que quedaba dos veredas abajo. Iba no solo para encontrarme con mi primo que tenía mi misma edad, y al que hasta el día de hoy considero mi hermano, sino también para hacer de los frutos silvestres, un ingreso económico. Recolectábamos y vendíamos una fruta de la que se hacen bocadillos, jugos, compotas y cualquier otra cantidad de dulces recetas.

Se trataba de recolección de guayabas. En esos tiempos un comerciante con su camión, cada lunes y jueves compraba cajas llenas de guayaba, que muchos campesinos recogían de los árboles que crecen en la ribera del río, en los potreros, y a un lado de la cocina de leña. Mi primo y yo, madrugábamos antes de que el sol saliera, para recoger la mayor cantidad. Sudábamos con dos cajas de guayaba al hombro, caminando hasta más de dos kilómetros para llegar hasta la vía, y luego salíamos corriendo loma arriba por otras dos, y así hasta que completábamos unas diez o doce cajas. El sol, el cansancio y el sudor, no importaban nada cuando el comprador del camión nos entregaba billetes y monedas que ya nos habíamos ganado. Puro trabajo honesto.

La temporada de producción natural de guayaba, coincidía perfectamente con la temporada de vacaciones de fin de año, entonces mi primo y yo además de pasar mucho tiempo juntos, aprovechábamos la ganancia ocasional para comprar el estreno del 24 de diciembre y para comprar unas papeletas. En esas fechas decembrinas, se reunía la muy numerosa familia en la casa de mi tía, que, tratándose de una casona antigua, tenía (y tiene aún) espacio suficiente para albergar a una montonera de primos durmiendo filados en el entablado de la sala.

Puedo decir con toda certeza, que luego de que terminara de estudiar el bachillerato, seguramente me habría dedicado junto con mi primo a los negocios del campo en esta región: cosechar café, moler caña panelera, sembrar frijol y negociar con vacas y caballos. Pero hubo un evento desafortunado que cambió el hilo de esa historia. Corría el año de 1999 cuando lamentablemente la violencia que han conocido varios de los municipios del oriente antioqueño, vino a acabar con la vida del papá de mi primo. Desplazados obligatoriamente, atrás quedaron los cafetales, los platanales, las vacas, las gallinas, el perro y cuanto trebejo albergaba esa finca. No volvimos a la economía campesina y hasta ese año fuimos recolectores de guayaba. Se perdió mucho en esa oportunidad. Se perdió (y casi desaparece) el arraigo campesino y la vida que creíamos bien definida.

Y si vamos más al fondo, mucha población campesina que se desplazó no siempre regresó y se reincorporó a su tierra. Ahora, la misma vereda donde corríamos y gritábamos por el camino, la habitan unas muy pocas familias, conformadas por adultos mayores. Eso me lleva a una reflexión: ¿Qué será de la vida del campo en un par de décadas? Se han cambiado los jóvenes corriendo en el potrero para coger el caballo y para encerrar los terneros, por vías rurales donde el tránsito de caminantes hoy es muy distinto. Y el problema que avizoro es la desolación del campo y la ausencia de personas que produzcan comida. Con esta evolución, quizás nos tocará tomar vitaminas de una barra energizante, en vez de comer guayabas maduras. No sé si esa preocupación inquiete a muchos, pero debería. Por mi parte aún se conserva la huerta familiar de donde al menos puedo tomarme una limonada más barata que la de los cien millones.

Juan Camilo Suárez Gil