Desarrollo rural · Septiembre 2026

El espejismo del oro verde: lecciones de una limonada de cien millones

Racimo de limones Tahití verdes colgando de la rama, listos para cosechar.
Limones Tahití, el "oro verde" que prometía ser la nueva bonanza del campo antioqueño.

Después de la pandemia y de la gran bonanza del aguacate, empezó a gestarse una nueva fiebre de "oro verde" en Antioquia. Esta vez, era más ácido y de menor tamaño: el limón Tahití. La promesa que nos vendían era sencilla e irresistible: un cultivo fácil de mantener, de altísima producción y con un mercado global creciente y asegurado.

Ante tan maravillosa promesa, yo también me dejé llevar. Soy un amante del campo, crecí como jornalero y siempre tuve el sueño de tener mi propia tierra productiva. Recuerdo como si fuera hoy las Fiestas de las Cosechas de 2022. Me senté con mi amigo Daniel y le propuse que sembráramos limón en Morro Azul. Él tenía la tierra y yo tenía el sueño. Armamos el proyecto tan rápido que, media hora y una cerveza después, en nuestras cabezas ya estábamos exportando limón a Nueva York.

Así entré yo en el nuevo oro verde, y así entraron también otros amigos y conocidos. En el caso de los campesinos, la entrada fue un poco distinta. Entidades como Cornare y el Municipio entregaron plántulas, fertilizantes y capacitación. A Dios gracias, entregaron pocas. Recuerdo que, en esos días, agrónomos y "conocedores del tema" criticaron fuertemente la iniciativa por redes sociales: que esa no era la variedad adecuada, que eran muy pocos árboles por beneficiario, que la verdadera idea debía ser "transformar" el campo nariñense de raíz. En fin, vos sabes cómo es eso.

Pero yo me pregunto: estos adalides de la transformación, ¿qué querían realmente? Nariño es, por naturaleza e historia, un municipio minifundista. Está compuesto por campesinos con predios pequeños que sostienen una economía de subsistencia. Tienen sus cultivos tradicionales de café, cacao y caña; llevan toda una vida trabajándolos, mejorándolos y obteniendo su sustento diario de ellos. ¿Acaso buscaban que el campesino tumbara sus cultivos tradicionales —esos que ya saben manejar y que les garantizan la comida— por un cultivo del que desconocen el manejo técnico, del que no tienen asegurada la cadena de comercialización y cuyo mantenimiento es altísimo?

La literatura sobre desarrollo rural es muy clara al respecto: imponer cultivos agroexportadores intensivos en economías de subsistencia es jugar a la ruleta con la seguridad alimentaria. Cuando un pequeño productor asume todo el riesgo del mercado global, un mal año no significa un reporte en rojo en Excel; significa poner a un campesinado a pasar hambre.

Hoy, después de cuatro años, de pagar 14 millones de pesos en plántulas y casi 100 millones en sostenimiento (varios amigos pasaron de ahí y ya tumbaron los árboles), puedo decir un par de cosas: ¡Mis ahorros!, me he tomado unas buenas limonadas y, sobre todo, he adquirido mucha experiencia.

Zapatero a tu zapato. Recientemente adquirimos una tierrita en El Roble, y allá ya estamos sembrando café. Yo sé embolsar, sé enchapolar, sé sembrar. Mi tío sabe, mi hermano sabe, y todos sabemos exactamente en dónde y a quién le vendemos el café. Los costos de transacción son mínimos porque la confianza y el conocimiento ya están instalados.

La teoría de los bienes públicos nos enseña que la mejor manera de llevar desarrollo al campo no es que el Estado beneficie a un grupo menor con proyectos piloto de la fruta de moda (entregando bienes privados). El Estado debe realizar su intervención proveyendo bienes públicos puros: vías de acceso. Las vías reducen los costos de transporte para todos por igual, traen competitividad, satisfacen una necesidad general y fortalecen lo que ya existe. De lo demás, ya se encargará el mercado.

Por esto, qué buena noticia es la vía del Alto del Guanábano, la vía al Limón, la vía a Las Mangas, las placa huellas y la pavimentación. Eso no es transformar el campo por capricho; eso es darle competitividad y calidad de vida al que ya sabe trabajar la tierra. ¿Y si en lugar de seguir inventando 'bonanzas' desde un escritorio, nos dedicamos simplemente a pavimentarle el camino al campesino que ya sabe lo que hace?

Juan David Orozco Salazar — Al Derecho, Asesoría Jurídica & Gestión Pública