Educación · Septiembre 2026

Lo que las pruebas PISA no logran medir

Llevo cuatro años dejando y recogiendo a mi hijo del colegio. De transición a tercero lo dejaba cada mañana con ilusión, y casi siempre lo recogía serio, a veces triste. Las quejas llegaban por su cuenta: atrasado en los cuadernos, citas constantes a coordinación. En cuatro años nunca tuvo un profesor favorito ni dio un elogio a ninguno de ellos. Reconozco que es un niño poco expresivo, pero eso no explica cuatro años sin que nada lo enganchara.

En el último período de 2025 tomamos la decisión más difícil que he tomado como padre: cambiarlo de colegio. Soy una persona conservadora, reacia a los cambios, y esta decisión me costó más de lo que estoy dispuesto a admitir en cualquier otro contexto.

El primer día de clases de 2026 lo recogí y algo era distinto: un brillo en los ojos que no le había visto. "Papá, no te imaginás, ese profesor es buenísimo." Era el profesor Lucho. Tiene diez años y ya sabe reconocer lo que la mayoría de adultos tarda décadas en nombrar: que un profesor puede cambiarte la vida.

Yo tuve el mío. Segundo semestre de 2012. Arrancaba mi carrera de derecho en la Universidad de Antioquia, sede Sonsón, en modalidad presencial concentrado, evacuando dos materias al tiempo. Las dos primeras me dieron muy duro. Mi formación de bachiller no me había entregado las herramientas para leer a Valles ni La República de Platón, mucho menos para sobrevivir un seminario de investigación. La verdad es que estaba pasando hambre en Sonsón, y el camino más fácil, el más a la mano, era la deserción.

Entonces llegó Juan Camilo Herrera. Una clase magistral de cinco horas, un viernes en la noche, y yo sin ver la hora de que amaneciera para seguir escuchándolo, contando los días para que volviera a ser viernes. Ese profesor me enganchó cuando ya tenía un pie afuera.

Esta semana el mundo entero habla de las pruebas PISA y de una caída generalizada en el nivel académico. En Nariño, coincidencialmente, se celebra esta misma semana el foro educativo. Los indicadores, los rankings, las comparaciones internacionales van a ocupar buena parte de esa conversación. Y tienen su lugar. Pero ninguna prueba estandarizada mide lo que hicieron Lucho y Juan Camilo Herrera. Ningún puntaje captura el momento exacto en que un estudiante decide quedarse en lugar de irse.

Tengo 38 años. Llevo 26 de ellos estudiando. Crecí sin la figura de un padre, con una sola rama genealógica conocida, y soy el primer profesional entre 51 nietos de esa rama. La psicología moderna tiene un nombre para esto: generación bisagra. La generación que no hereda un camino ya hecho, sino que tiene que cerrarlo con sus propias manos, muchas veces siendo la primera en hacerlo.

No tengo la vida organizada. Madrugo todos los días a trabajar. Pero he cerrado ciclos. Y sé, porque lo viví en carne propia y ahora lo estoy viendo en mi propio hijo, que ese cierre de ciclo casi nunca empieza con una política pública ni con un plan de mejoramiento institucional. Empieza con una persona: un profesor que decide engancharte.

Por eso mi invitación, con todo respeto, a los educadores que esta semana participan del foro educativo en Nariño: conviértanse en esos Luchos, en esos Juan Camilos. El 90% de la población estudiantil pública de este país puede ser generación bisagra. Puede romper ciclos de pobreza que llevan generaciones repitiéndose. No necesita, en el fondo, tanto como creemos. Necesita un profesor que la enganche.

Juan David Orozco Salazar — Al Derecho, Asesoría Jurídica & Gestión Pública